¿HAS PERDIDO TUS DETALLES?

Blog

 

 

 

 

 

 

 

La entrada fue impactante. Tanto que la visión de su nueva morada les paralizó. Se detienen. La cámara da la vuelta y muestra a sus nuevos vecinos, decenas de hombres con ropa de rayas, mirándoles, mitad atentos, mitad perdidos. El padre observa a su hijo y en el segundo que entiende cómo le puede golpear la tragedia, transforma todo aquello en un teatro, comienza el juego.

– “Es fantástico Josué, ya te lo había dicho, qué lugar, ¿eh? Corre, corre, que nos quitan el sitio. ¡Tenemos una reserva!, ¡dos literas! Permiso… , permiso… Aquí es, aquí está, ¿lo ves? Dormiremos bien aquí juntos, ¿eh?

-Papá, esto es feísimo y huele mal, quiero ir con mamá

-Sí, ya iremos, sí.

-Tengo hambre

-Ya comeremos

-Estos hombres son malos, gritan mucho.

-Claro, gritan porque el premio es grande. Un tanque lo quiere todo el mundo. Tienen que ser duros, ¿eh?

-¿Puedo ir a ver a mamá?

-Cuando acabe el juego

-¿Y cuándo se acabará?

-Ah….., debemos ganar…1.000 puntos. Quien gane 1.000 puntos gana el carro blindado nuevo. (…)

guidoEl resto, seguramente lo recuerdas. Entra un oficial alemán y pregunta por alguien que sepa hablar su idioma y explicar las reglas del campo de concentración. Guido, sin saber una palabra del idioma de sus captores, se ofrece y “traduce” para su hijo las palabras amenazantes del soldado nazi, convirtiéndolo en las reglas del pequeño para ganar el ansiado  tanque. Todos, atónitos, escuchan: “Empieza el juego, quien no haya llegado, ya no juega”.

“La vida es bella” siempre me ha parecido una película fascinante y, esta escena en particular, creo que es una síntesis de la misma: dura y tierna, cómica y dramática, romántica y conmovedora. La propuesta de Roberto Benigni recuerda las palabras de Florence Scovel cuando decía que “la mayoría de la gente considera la vida como una batalla, pero la vida no es una batalla sino un juego”

Y si fuera así, ¿cómo va nuestro juego?, ¿vamos ganando?

Creo que todos hemos nacido para ganar este juego, pero no lo jugamos contra nadie, ganar no significa llegar el primero, sino correr lo más que podamos. Significa subir cada día al escenario de la vida y ser los protagonistas de nuestro papel, del guión que nosotros decidamos escribir. Ganar, significa jugar nuestra mejor partida con las cartas que nos han tocado, independientemente de qué cartas tengan los demás.

El juego ha comenzado y, queramos o no, estamos en el escenario, el escenario de nuestra vida. La pregunta no es si quieres subirte e interpretar un papel, sino cómo lo vas a interpretar, porque las cámaras ya están en marcha.

Así que, ya en el escenario, habiendo empezado el juego, unas reflexiones antes de entrar de nuevo en acción.

1. Se tú quien elija el guión. 

Decía Oscar Wilde “se tú mismo, el resto de los papeles ya han sido tomados”. No permitas que nadie escriba el guión de tu vida, se tú quien tome las decisiones más importantes, decide quién quieres ser y cómo actuar.

2.  No esperes a que otro entre en juego: ¡sólo juega tu mano!

Esperar que sucedan las cosas no evitará nuestra responsabilidad de jugar nuestro mejor papel. No jugar, no apostar, es perder la partida.

3. Eres el jugador, no las cartas.

Las circunstancias que nos acompañan, por duras o difíciles que sean son eso, circunstancias, nosotros somos quienes decidimos en este juego de la vida. Podemos vivir con la sensación de que somos las cartas que nos tocaron, o entender que somos nosotros quien tiene la responsabilidad de jugarlas.

4. Si no puedes cambiar tus cartas, juega tu mejor partida.

Las cartas que nos ha repartido la vida no las podemos elegir, pero sí podemos elegir cómo jugamos nuestra partida.

5. Independientemente de las cartas, todos los días puedes ganar. 

Sólo tú puedes transformar una mala jugada o un error en victoria, basta solo con aprender algo de ello. Los errores sólo son fracasos si no se aprende.

6. Fracasar no es perder una mano, es retirarse del juego.

Errar o tropezar no es la causa del fracaso, la causa es no levantarse y seguir luchando.

7. Para ganar, juega a ganar en vez de jugar a no perder. 

Ten claro cuál quieres que sea tu jugada, el objetivo, lo que quieres conseguir, y pon el corazón. No malgastes el tiempo y la energía pensando sólo lo que no quieres o de cuántas maneras te podrá ir mal.

8. Si no sabes jugar con malas cartas, tampoco sabrás ganar el juego cuando las tengas buenas. 

Ser tu mejor versión dependerá de tus decisiones no de las cartas que te toquen. Y cuando las circunstancias mejoren, te darás cuenta de que te convertiste en mejor jugador.

9. Al final de la partida, el resultado es tuyo.

No importa qué cartas recibas, o qué jugadores se hayan sentado a tu lado, tú habrás dirigido tus jugadas y el resultado es tuyo. No eludas el resultado ni la responsabilidad de no haberlas jugado bien.

10. Serás feliz no cuando ganes la partida sino cuando aprendas a jugar, lo des todo y apuestes fuerte.

Como diría Maslow “Si planeas deliberadamente ser menos de lo que eres capaz de ser, corres el riesgo de ser infeliz durante el resto de tu vida”. Juega y apuesta de verdad, es tu vida.

Pienso que lo importante es que cuando haya terminado la partida de cada día, puedas descasar a gusto porque dejaste todo en el juego, jugaste tu mejor papel y fuiste quien querías ser.

Al igual que toda jugada tiene en resultado, toda acción tiene un impacto. Y no estamos solos, más pronto o más tarde, nuestras acciones tienen un impacto en los demás.

A Guido le tocaron unas pésimas cartas, pero las supo jugar muy bien, diría que las jugó de una forma brillante. Ganar la partida significó para su hijo conseguir el carro de combate, pero fue algo más, mucho más: le ayudó y nos enseño a los demás a vivir la vida de una manera mucho mas bella. ¡Gracias, Guido!, ¡Gracias Benigni!

Source link

La Navidad agita una varita mágica sobre el mundo, y por eso, todo es más suave y más hermoso”. Norman Vicent Peale

Cuenta la tradición que San Bonifacio, evangelizador de Alemania en el siglo VIII, a su regreso de Roma y en la víspera de Navidad, encontró a sus fieles  cayendo en la idolatría y dispuestos a sacrificar a un niño bajo el sagrado roble de Odín. Encendido por una ira santa, tomó un hacha para cortar el roble sagrado y demostrar que no sería víctima del dios del trueno.

“¡Escuchen hijos del bosque! – gritó San Bonifacio – La sangre no fluirá esta noche, salvo la que la piedad ha dibujado del pecho de una madre. Porque esta es la noche en que nació Cristo, el hijo del Altísimo, el Salvador de la humanidad. Así es que ahora, en esta noche, ustedes empezarán a vivir. Este árbol sangriento ya nunca más oscurecerá su tierra. En el nombre de Dios, voy a destruirlo”.

Al momento, y sin que aún pudiera hundir su hacha en el tronco, una tremenda ráfaga de aire derribó el enorme árbol y, partiéndolo en pedazos, desató el temor y admiración del pueblo.

El santo – continua narrándonos la leyenda – observó un pequeño pino que milagrosamente había permanecido intacto, y quiso observar en él, la caricia y amor de Dios,  así que lo adornó con manzanas y velas, símbolo, las primeras, de las tentaciones a las que somos sometidos y, representación, las segundas, de la luz de Dios. Así, nació nuestro  árbol de Navidad.

Hoy ya todos vemos en nuestras calles ese árbol de Navidad. Quizá con una mirada distinta, más festiva y consumista, pero sigue estando ahí para preceder al Niño Dios, a la generosidad, la entrega y el sacrificio amoroso en favor de los demás. Ese es el tiempo de Navidad.

La Navidad – nos dirá Washington Irving – es la temporada para encender el fuego de la hospitalidad en el salón, y la genial llama de la caridad en el corazón”.

Los que creemos y tenemos fe, vemos en ese Niño Dios la causa de nuestra caridad y amor. Para quienes no crean, un tiempo como éste, puede ser un fantástico ofrecimiento, una invitación, para pensar más en los demás, para hacer nuestras sus preocupaciones,  para dar brillo a sus ilusiones y para transformar, en definitiva, esa hermosa causa, en acciones reales y generosas.

La Navidad, a todos, nos ofrece una historia de Amor y en las empresas hemos de seguir compartiendo ese mismo mensaje. Si hemos entendido la necesidad de explicar lo importante de nuestro valor agregado a través de la narración y el storytelling; si el liderazgo es servicio y saber transmitir nuestros valores; si estamos convencidos de que liderar con afecto y amor, es más humano y efectivo;  ¿cómo vamos a dejar pasar este momento para poner el corazón de nuestras empresas en cada uno de los nuestros y también en nuestros colaboradores?

Por eso, si la Navidad no existiera, al menos en el plano humano, tendríamos que inventarla. Más allá del regalo, la alegría de la fiesta y el regocijo del encuentro, la causa es mucho más alta: se trata de ponernos al servicio de los demás;  abrir nuestro corazón y renacer en nuestras relaciones; ser capaz de entregarnos y entregar lo mejor de nosotros a quienes queremos y nos necesitan. Lo mejor de la Navidad de antaño, es que Dios llegó a visitarnos. Lo mejor de nuestra Navidad hoy, es que podemos dar posada a esa santa visita y, del mismo modo, abrir a los demás nuestro corazón.

Mis mejores deseos en esta Navidad, para tí y toda tu familia; mi promesa para re-nacer a quien quiero ser y mi compromiso por poder ofrecerte mi mejor versión en estos días, y tomar carrerilla para también hacerlo en los venideros. Mantengamos el brillo del árbol y la Navidad. Como diría Grace Noll Crowell, “aunque se pierdan otras cosas a lo largo de los años, mantengamos la Navidad como algo brillante”. ¡Feliz Navidad!, ¡felices fiestas!, ¡feliz brillar en tu generosidad!

Source link

Asistía hace unos días a ver la película “Encender el corazón”, una película de Mark Vicente que forma parte de un movimiento social en México para concienciar a todos los que formamos parte de este hermoso país, sobre el problema de la delincuencia y la violencia, animándonos a vencer el miedo, apostar por la paz desde la responsabilidad y a ser parte de la solución. Cada día, son asesinadas 50 personas en toda la República Mexicana y acostumbrarse a ello o mirar hacia otro lado no es formar parte de la solución. Decía Bernard Shaw que “la libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tienen tanto miedo”. Y este tema, en el fondo, creo que trata sobre responsabilidad.

Es fácil que, durante la proyección, a todos a los que nos importa México nos emocionemos. La película te llega, te toca, mueve el corazón. Si bien relata una realidad que es dura, lo aborda también desde una perspectiva esperanzadora, de solidaridad y de ánimo. Cuando esa noche terminó la proyección, cada uno de nosotros, puestos en pie, aplaudíamos emocionados, sintiendo una necesidad colectiva de cambio y queriendo formar parte, de alguna forma, de esta bella iniciativa. Pero cuando el corazón se apacigua, puede llegar la fuerza de la reflexión y, en mi caso, de regreso a casa me preguntaba, y ahora, ¿qué sigue?

Participar en generar un cambio colectivo, cualquier cambio, es una cuestión de responsabilidad y, una vez que tomas conciencia de esa responsabilidad, o formas parte de la solución o formas parte del problema. Ser parte de la solución supone, en primer lugar, tener claro cuál es nuestra convicción y decidir cuál va a ser nuestra respuesta, independientemente de quién nos siga. Como le gusta decir a mi mujer, si no somos capaces de convencer, al menos que no nos convenzan de lo contrario. Sino, pienso que no sólo nos traicionamos a nosotros mismos, sino que estaríamos comprando un muy mal producto, a un muy mal vendedor y además nos estaríamos quejando de que está en nuestras manos. Así que, permíteme que te pregunte ¿cuál es tu convicción?, ¿qué es lo que de verdad crees que es lo mejor que pueda suceder?, ¿y estás dispuesto a hacer que suceda? Porque si solo queremos que las cosas cambien sin nosotros aportar, y si vamos a dejar nuestra convicción en manos de otros, esa no será nuestra convicción y, así, la llamada al corazón se convertirá en pura sensiblería, la queja será comentario superfluo de cafetería y, el dolor, sólo postura compasiva.

Lo que sigue es pasar a la acción, pero ¿cómo puedo contribuir a ser parte de la solución en una cuestión de dimensiones desproporcionadas? Me acordaba, entonces, de la teoría de las ventanas rotas.

Para quien no lo conozca, el experimento fue elaborado por Zimbardo y consistió en dejar un coche abandonado, con las puertas abiertas y sin placa, en medio del Bronx de Nueva York. Al poco tiempo, el coche acabó sin ningún elemento de valor y, después, destrozado. Días después, abandonaban un coche en Palo Alto, California, un lugar muy diferente, pero el auto en las mismas condiciones que en el Bronx, y no sucedió nada. Entonces, Zimbardo rompió sus cristales y golpeó la carrocería del coche para dejarlo expuesto de nuevo a los transeúntes y, efectivamente, sucedió lo mismo que en el Bronx, terminó el coche saqueado y destrozado. A partir de ahí se elaboró la teoría de las ventanas rotas que viene a decir que si rompes la ventana de un coche o un edificio y no lo reparas, envías el mensaje a todos los que lo vean de que no te importa, que lo estás descuidando y, lo que al principio será una señal de descuido, terminará siendo un permiso implícito para que no sea respetado, incluso por ti mismo. Es decir, si no cuidas lo pequeño, por ahí abres un espacio para que se introduzca la falta de cuidado, de respeto y de civismo. Y el destrozo se da a una velocidad sorprendente.

En Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos se aplicó la teoría de las ventanas rotas para hacer descender la criminalidad, cuidando y limpiando la suciedad y los grafitis del metro. Así, cuidando insistentemente lo menor, se enviaba un mensaje claro de que no se quería permitir lo mayor.

¿Y es aplicable al caso de la violencia de México o cualquier otro contexto hostil sin esperar mucho más de los poderes públicos o la autoridad? Pienso que sí, y la solución debe de estar dentro del ámbito de nuestras posibilidades, cuidando lo menor y entendiendo cuál es el problema mayor.

  • Porque detrás de la violencia, hay una ausencia de consideración por la vida y las personas, ¿qué tal si mostramos verdadero interés por quienes nos rodean, en nuestras casas, trabajos o comunidades?, ¿y si cambiáramos el frío saludo por la preocupación de quién es la persona con la que me encuentro?, ¿conocemos el nombre e intereses más cercanos de las personas que nos ayudan con cualquier servicio de limpieza, seguridad, transporte…, y con las que todos los días nos encontramos?
  • Porque detrás de la violencia, hay una falta de civismo, ¿por qué no nos mostramos más cívicos en el respeto por el otro cuando estamos manejando, y respetamos también los semáforos, los pasos de peatones y las normas en favor de la comunidad?
  • Porque detrás de la violencia, hay pobreza de corazón, ¿se imaginan cómo sería nuestro entorno si apostáramos por la generosidad de abrir nuestro corazón y ofrecer nuestra confianza a aquellos que ya conocemos, para que de veras nuestra casa también pueda ser su hogar?

Encender en corazón significa, antes que nada, encender nuestro corazón. Empieza por nosotros, y por la congruencia de nuestro comportamiento, con pequeños cambios, pero acciones reales. Mi enhorabuena a todos los que apoyan este movimiento de “encender el corazón”, y mi recomendación de acudir a ver la película.

Los pequeños cambios propuestos, hoy no acabarán con la violencia, la delincuencia o la agresividad, cualquiera que sea y en el ámbito de cada cual, pero sin ello, será mucho más difícil. Aquello que sólo depende de nosotros, sólo sobre nosotros recae su responsabilidad. Como dijo Madre Teresa: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si la faltara una gota”, de hecho, nuestra gota.

Source link

Hace ya unos cuantos años participaba en una certificación en la Universidad de Toronto, Canadá, sobre inteligencia emocional y el trabajo con emociones que dirigía el doctor L. Greenberg. En uno de los ejercicios que hicimos, una compañera alemana se convirtió en un mar de lágrimas durante su participación. Me impresionó saber que aquellas lágrimas que no dejaban de caer por su rostro, se debían a su incapacidad para perdonar a su abuelo – estaba en una introspección emocional sobre un asunto aún no resuelto – y era porque su querido abuelo había sido un oficial nazi.

Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras, y creo que es bien cierto. Si además, detrás de esa imagen hay toda una historia, seguro que ya nunca olvidarás ambas. Yo no olvidaré el dolor y la historia de aquella mujer.

Me venía este suceso a la mente por la conexión con la historia que hoy te quiero contar  y que, estoy seguro, tampoco olvidarás.

Pero antes de conocer al protagonista del suceso que te quiero presentar, detengámonos en otro lugar de la historia, en este caso, de la historia de las ciencias sociales. Y abramos la puerta del laboratorio del profesor Philip Zimbardo. Fue él quien diseñó el experimento de la cárcel de Stanford para mostrarnos la influencia de la presión externa. Como el mismo Zimbardo dice “qué sucede si se pone a gente buena en un lugar perverso”. Allí observamos a  diferentes jóvenes que se enfrentarán a la fuerza de un determinado contexto, una cárcel ficticia y, mientras unos adoptaban el rol de presos, otros serán sus carceleros. Se trataba de comprobar la capacidad de influencia del contexto, y si éste podía, de veras, tener un poder transformador. Y así fue. Tanto interiorizaron sus papeles y se dejaron llevar por la presión, que debieron de detener el experimento, pues los guardias empezaron a adoptar un comportamiento verdaderamente cruel, mientras que los encarcelados se sometían pasivamente, haciendo de aquel experimento algo ya vejatorio para los presos.

Lo que nos mostró ese experimento, junto con otros muchos realizados, es que la situación contextual en la que vivamos, puede hacer de nosotros alguien peor de lo que nos creíamos. Y este tipo de experimentos se han utilizado para contestar a la pregunta de cómo el hombre puede protagonizar o permitir situaciones tan tremendas como se dieron en la Alemania nazi, así como la mermada lucha y resistencia de la voluntad individual frente al poder institucional.

Y es en este contexto donde aparece la historia de nuestro héroe cotidiano. Su nombre, August Landmesser; su historia, la de una fotografía; su respuesta, una muestra de valentía y heroicidad. Era una tarde del 12 de Junio de 1936, en los astilleros de Blohm und Voss, de Hamburgo, se recibía con euforia a Hitler para la botadura de un nuevo velero. Era el Führer, su líder, y estaba delante de ellos. La multitud entusiasmada levantaba el brazo al unísono, como era la costumbre y, probablemente, repetirían Sieg Heil! (¡Salve Victoria!) como les ordenaban hacer en presencia de su jefe supremo. Pero no todo el mundo rendía pleitesía al Führer. Si se fijan, hay un hombre que no levanta el brazo. Permanece de brazos cruzados. Él es August Landmesser. El no sigue a la multitud, él no sigue las reglas, él no es uno más. Landmesser ya no quiere formar parte del rebaño.

august-landmesser-2La historia de August Landmesser es la historia de su amor por una mujer. Una mujer judía con quien tuvo dos hijas y con quien la impidieron formalizar su matrimonio debido a las leyes nazis del momento. Landmesser y su mujer acabarían condenados a trabajos forzados, y ella, muriendo en uno de los campos de concentración.

La rebelión de Landmesser, como la postura del rebelde desconocido (el hombre del tanque en la plaza de Tiananmen), la actitud de Rosa Parks o del padre Kolbe y de tantos otros más, nos acercan al heroísmo cotidiano: gente ordinaria, normal, desempeñando comportamientos extraordinarios. Pero, ¿cómo  llega un ser humano a superar la fuerza del contexto y tomar ese tipo de decisiones? En el fondo, ¿cómo es que nos podemos resistir?

Zimbardo nos dará algunas claves para entrenar nuestro heroísmo, para sin ser gente extraordinaria, sí tomar decisiones extraordinarias. Y ahí está la raíz de nuestra capacidad: ser conscientes de que diariamente estamos tomando cientos de decisiones y que sólo tenemos que entrenarnos en hacer fuerza, dar un paso, empujar un poquito en la dirección que nosotros queremos, pero todos los días, frente al ambiente hostil, el pensamiento dominante o la presión del grupo, que genere un efecto dominó en nuestro comportamiento y en el entorno.

¿Cómo podemos dar ese primer paso?

  1. Entendiendo el poder de ser el primero: ser nosotros el primero en dar el paso. Si nosotros no damos un paso, nadie lo podrá dar por nosotros, y no estaremos en situación tampoco de exigirlo. Nos sentiremos orgullosos de nuestro comportamiento y, de cara a los demás, será ejemplarizante.
  2. Apoyando a quien de el primer paso. Si no somos nosotros quien damos el paso y alguien se adelanta, el poder de ser el segundo se activará al ofrecernos como aliados del primero.
  3. Ser un individualista positivo: permítete ser diferente delante de los demás y resiste.
  4. Haz sentir a alguien especial. Así, te estarás enfocando en otra persona y encontrarás más motivos para rebelarte frente a la injusticia. Ofrécete para el servicio o atención de otras personas. Preocúpate de ayudar a alguien que está necesitado.

Me parece que tienen mucho sentido estos consejos del profesor Zimbardo y, como no estamos exentos de la posibilidad de la cobardía o la inacción, sería bueno recordar que todos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Como diría Bernard Shaw, “todo hombre y mujer razonables son un canalla en potencia y un buen ciudadano en potencia”. Lo que hagamos y cómo actuemos en el momento de la prueba, dependerá de nuestras decisiones de hoy y cuánto nos hayamos entrenado en ellas.

Source link

SUBIR